A lo largo y ancho del territorio hondureño, que in­cluye de algún modo, las zonas marítimas e insulares, que además de una rica biodiversidad y una pluralidad de lenguas y formas de cultura, hay también una gama enorme y significativa de nombres de lugar. Ellos, con la ya evocada gran diversidad, son ele­mento integrante de su propia y nuestra identidad.

Y precisamente, así como cualquier iden­tidad no es algo estático, sino que está su­jeta al cambio y la transformación, también los nombres de lugar de un país por diver­sos motivos en ocasiones se alteran.

La toponimia expresada muchas veces en lenguas distintas, habla de su historia y de las formas como sus pobladores en dis­tintos tiempos ha ido concibiendo su es­cenario geográfico, su casa en el territorio o lugar que vio nacer a esta población, sean lencas, nahua, jicaque, chorotegas, chortí, paya, sumu, misquito, chorotega, matagalpa.

Sacando del anonimato a cuanto en él se encuentra y prolifera, se le han ido apli­cando toda suerte de nombres. Así tenemos por ejemplo el nombre de “Honduras”. La pregunta ¿cuál es el origen del nombre? ¿Qué significa?; en ese mismo orden nos preguntamos por el significado de: Comayagua, Choluteca, Juticalpa, Tegucigalpa, Curaren, Guajiquiro, Gualcinse, Pirarea, Liure, Comayagüela, etc.; es así como se pue­de recordar, hablar y hacer referencia a las realidades que circundan a mujeres y hom­bres. Así apareció el origen, motivación y denominación de lo que hoy llamamos to­ponimia, y/o, los nombres de lugar.